PRENSA MERCENARIA

El lunes se podía leer en El Confidencial una noticia en la que se citaban hechos falsos de principio a fin sobre UPyD. En resumen, señalaba que UPyD habría llegado a un pacto secreto con el PSOE de Madrid para apoyarle y echar a Esperanza Aguirre después de las elecciones, si ésta no obtenía mayoría absoluta. Bastaba leer esa “noticia” para darse cuenta de que el periodista no había contrastado los hechos ni con UPyD, ni con el PSOE. Que se trataba de una información falsa, fabricada exprofeso. Que perjudicaba  a UPyD –quien siempre ha condicionado los pactos postelectorales a un acuerdo nacional para reformar la Ley electoral, la constitución y revertir la educción al Estado- y beneficiaba al PP de Doña Espe.

Vargas Llosa en su libro El Pez en el agua  dice que una de las expresiones más dramáticas del subdesarrollo de Perú consistía en que no había manera de que un intelectual trabajará y publicará si no adoptaba gestos revolucionarios y rendía pleitesía a la ideología dominante de izquierdas. Uno de los síntomas del subdesarrollo de nuestra democracia es que difícilmente se encuentra a un periodista que pueda trabajar y publicar si no rinde pleitesía a alguno de los grupos políticos dominantes, ya sea el PSOE, el PP o los nacionalistas en sus comunidades. Y claro, como dice nuestro autor, “cuando se vive de ese modo, la perversión del pensamiento y el leguaje resulta inevitable”. Así, la prensa libre se transmuta en prensa mercenaria.

Si queremos realmente acometer una reforma de nuestro sistema político, para mejorar la democracia, va a ser imprescindible desmontar el tinglado de la prensa subvencionada que niega la prensa libre y promociona al periodista mercenario, tan caro a la prensa patria. Un periodista que no persigue la veracidad de la información, aplicando las reglas deontológicas de su profesión: contrastando fuentes, investigando, en definitiva, haciendo todo lo posible por averiguar la verdad. Sino que está habituado a utilizar a golfetes, que bajo el paraguas de grandes principios ocultan un ciego espíritu de venganza y resentimiento por no haber podido satisfacer su sórdido interés, para perseguir unos objetivos que no son los de sus lectores sino los de los poderosos con los que desea congratularse.

Así pues, sumaremos esa reforma esencial a las demás que hemos propuesto. Y lo haremos con iniciativas parlamentarias. Porque la critica es necesaria, pero la mentira gratuita es envillecedora. Sólo una prensa sanamente alejada de los poderos puede ser verdaderamente libre y servir a su fin primordial: ayudar a construir la opinión pública de una sociedad libre. Entre tanto, usaremos la Ley y acudiremos a los Tribunales para defender la verdad de los hechos y el derecho de los ciudadanos a una información veraz. Y usaremos más las redes sociales e internet, como una autentica marea magenta.

La dignidad como mascarada

Doce periódicos catalanes escribieron la semana pasada la misma editorial. Mucho se ha escrito sobre lo extraordinario de este hecho; desde la transición política, entonces para defender la democracia que se estaba construyendo, no se conocían editoriales conjuntas de la prensa española. No deja de ser, pues, sorprendente esta iniciativa, como asombroso es que su titulo sea la “dignidad de Cataluña”, de la que se convierten en cancerberos para intentar impedir su posible mancillamiento por un ilegítimo Tribunal Constitucional, presto a dictar una sentencia que, según saben, considerará inconstitucional algunas de las partes esenciales del nuevo Estatuto de Cataluña.

Sin embargo, no hay sorpresa, y se comprende con facilidad esa editorial, cuando no se ignora que con ella se están apurando las últimas oportunidades para presionar al Tribunal Constitucional. La prensa catalana, de nuevo, ha servido al poder político de su tierra para intentar dar verosimilitud a un futuro levantamiento popular, con el que conscientemente han venido amenazado los partidos catalanes y el gobierno de la Generalitat en los últimos meses. Ya que, a falta de manifestaciones masivas premonitorias de la deseada rebelión del pueblo de Cataluña, nada mejor que la teatralización periodística de las posiciones del catalanismo, para ver si los magistrados del Constitucional y algún incauto de “Madrid” se creen la amenaza de la insurrección, ceden a sus presiones, y acaban dictando una sentencia de su provecho.

Porque en el fondo saben que la vida continuará igual, aunque ese denostado Tribunal considere que Cataluña no puede ser una nación o que la bilateralidad no es propia de un estado cuasifederal, como el nuestro. Los ciudadanos de Cataluña seguirán preocupados por la crisis económica y el continuado descenso de su nivel de vida, educativo, etc., que es lo que de verdad afecta a su dignidad. Y los partidos catalanes, hasta el que más reniega de España, aunque la abstención y la desafección publica hacia ellos siga aumentando, seguirán repartiéndose el mismo número de sillas del parlamento de Cataluña y el mismo número de puestos en sus administraciones.

Con la sentencia del Constitucional no está en juego la dignidad de nada, ni de nadie. El Tribunal cumple con ella su obligación de controlar la constitucionalidad de todas las leyes, aunque sea tarde y bajo grandes presiones del gobierno. Si está, en cambio, en juego la dignidad de la prensa catalana, que ha aceptado acríticamente ponerse al servicio del principal dogma del poder en esa Comunidad Autónoma: la presunta unanimidad de los ciudadanos entorno al catalanismo. Porque con su editorial ha renunciado a su función esencial de informar sobre los hechos y servir de medio de control del poder, para convertirse en altavoz de los intereses de un grupo de políticos que irresponsablemente nos han metido a todos en un berenjenal de difícil solución.

Prácticas, por cierto, que sólo suelen suceder en las sociedades donde la libertad está muy limitada o es inexistente, donde el poder decide lo que es correcto. Lo cual quizás nos diga que, en Cataluña, el falso dogma de la unanimidad catalanista, que ciega voluntariamente la inteligencia de los servidores públicos y les impide ver la pluralidad de la sociedad catalana y su real integración en la española, no es más que un instrumento para limitar la libertad de sus ciudadanos y dirigirlos mediante un señuelo al sueño de todo nacionalista: la nación homogénea.

Aún se está a tiempo de corregir el rumbo que ha tomado la política catalana y por ende la española, pero para ello hace falta que los partidos políticos nacionales tenga una propuesta de modelo de estado que vaya más allá del pacto coyuntural que les exige el acuerdo con los nacionalistas o de la última ocurrencia del presidente de turno (no se olvide que sin las de Zapatero no habría este follón). Para superar esta incierta situación, quizás ha llegado el momento de proponer para España un modelo federal, con un estado fuerte, en el que todas las comunidades tengan las mismas competencias, dirigido a conseguir la máxima igualdad y libertad de los ciudadanos.