Si miramos atentamente la política española y reflexionamos sobre las acciones y opiniones de los dos viejos partidos: PSOE y PP, no podemos dejar de reconocer que vivimos una etapa de crisis. Uno de esos momentos en los que se sabe que la vieja cultura, en este caso política, está periclitándose, pero en los que la nueva todavía no termina de definirse; no se sabe bien el camino que va a seguirse, simplemente se otea.

Los viejos tópicos se mantienen sin saber muy bien a qué responden. En ellos permanecen instaladas la mayoría de las prácticas políticas. Incapaces los partidos tradicionales de cuestionarlos. Porque, más allá de su impostada confrontación y de sus aparentes e irreductibles diferencias, los hechos dicen que convergen para ponerse de acuerdo en los sustancial, el reparto del poder. Aunque ello conlleve decir hoy una cosa y mañana hacer la contraria.


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