El colapso de la Administración pública

Este verano, me comentaba una amiga con importantes responsabilidades en la función pública el profundo desánimo que se había instalado entre los funcionarios públicos; sobre todo, entre aquellos con funciones de dirección, que veían cómo el Gobierno actuaba de forma incapaz: demonizándolos y culpándolos a ellos de todos los problemas, y con medidas cortoplacistas; muchas, dirigidas contra los propios funcionarios, imposibles de mantener en el tiempo y sobre todo, inútiles para salir de la crisis.

Me comentaba también el desconocimiento profundo que de los funcionarios y su trabajo tenía el nuevo equipo de Gobierno; sobre todo, Montoro y Beteta –secretario de Estado de las Administraciones Públicas-, quienes, en su visión sectaria del mundo, eran incapaces de entender que los funcionarios están al servicio del poder democrático elegido y que trabajan con profesionalidad, objetividad y voluntad de servicio público. Que trabajan por igual para un ministro u otro, sea del partido que sea.

Y se preguntaba con amargura de qué servía en esta época quedarse hasta las diez de la noche esperando que el ministro o su gabinete llamaran para pedir un dato o resolver un problema, si no lo hacían, ya que sólo confiaban en sus enchufados y colocados, en la Administración pública paralela que habían creado en cada ministerio desde sus gabinetes con gente muy del partido, pero en general poco capaz y profesional. Para ella, España no podía afrontar sus problemas con una clase política poco formada habitualmente y con el único incentivo de mantener sus puestos y distribuir los de la Administración entre su gente. Dispuestos a arrasar con todo antes de perder sus privilegios.

Esta historia se repite cada vez que tienes la oportunidad de hablar con un funcionario; en mi caso, muchos de ellos, amigos, dado mi trabajo como Letrado de la Seguridad Social. Gente que ha votado a distintos partidos, unos cuantos de los cuales confiaban en que el PP actuaría de forma muy diferente, ya que esperaban que tuviera un proyecto de país. Como me decían, si hace falta sacrificarse, perder la paga extra o reducir el salario, se hace; pero si hay un objetivo de país y si además ves que quienes nos gobiernan actúan con dignidad y sin parapetarse en sus prebendas.

Este estado de ánimo parece general en la función pública. Y es que los hechos son crudos. A la rebaja salarial y la supresión de la paga extra de diciembre se va a unir el próximo año la supresión de la paga extra de julio –en el presupuesto que se está elaborando no aparece incluida-, además de un recorte de la mal llamada “productividad”, ya que lo que remunera es el puesto de trabajo desde hace años de forma consolidada. Ambas rebajas van a afectar sobre todo a los funcionarios más cualificados, que podrían ver disminuido su sueldo en más de un 30% sobre las rebajas ya producidas. Para compensar, parece que están dispuestos a facilitar la compatibilidad con actividades privadas, a pesar del riesgo de conflicto de interés que ello implica.

Por otra parte, este Gobierno está estudiando que las vacaciones se reduzcan a tres semanas pagadas al 80% del salario o incluso a una sola semana pagada. Medida que al parecer afectaría a todos los trabajadores.

Mientras, ese mismo Gobierno defiende con uñas y dientes el entramado político e institucional que tanto le beneficia, aunque sea el causante de los perores males del país. Por eso, Montoro desplazaba a una funcionaría de su gabinete a otro puesto para colocar a una del PP como cargo de confianza, justo en los días que decía que no había dinero para pagar a los funcionarios. Por eso, se pueden aprobar para gabinetes de determinados ministerios gratificaciones especiales que sustituyan la paga extra suprimida. Por eso, en la Asamblea de Madrid se pueden permitir crear seis plazas nuevas en julio y añadir un nuevo eventual en septiembre. Por eso, el alcalde de Alcalá coloca como jefe de gabinete al hijo de un antiguo alcalde del PP de Las Rozas o el alcalde de Alcorcón, un “cachorro” de Aguirre, puede tener más de 40 cargos de confianza.

España se encamina hacia la consolidación de una Administración paralela a la profesional formada por los colocados del partido gobernante, por el simple hecho de ser afines al mismo, cualquiera que sea su cualificación. En la que los funcionarios profesionales con funciones directivas serán mal pagados y relegados a labores secundarias, lo que conducirá a la renuncia de muchos de ellos y a la selección de peores candidatos. Por tanto, a una Administración que renuncia al principio de mérito y capacidad para seleccionar al personal, así como al principio de objetividad y servicio público para actuar. Una Administración ajena al principio de neutralidad política; o sea, a una Administración de patronazgo. Retrocederemos hasta los años 50 del siglo pasado o aún peor, porque va a incrementarse todavía más la confusión entre lo público y lo privado. Por tanto, una mala Administración al servicio de quienes tienen relaciones con el poder, de los conseguidores y amigos.

Hay quien se pregunta cómo hemos llegado hasta aquí. Pues bien, basta responder a la pregunta ¿cui bono? para entender por qué estamos cayendo tan abruptamente por el precipicio. El PP y el PSOE tienen tantos intereses que defender, que lo último es el interés del país, pues su defensa les dejaría a ellos, a los suyos, y a quienes desde los medios de comunicación y empresas les apoyan para beneficiarse, fuera de las instituciones que han ocupado y de los beneficios que reparten.

La situación es de máxima gravedad. Cada vez es más evidente que tenemos un Estado inviable y que los dos viejos partidos son parte de ese problema. El actual  sistema institucional ha colapsado. No podemos esperar más. La solución no vendrá por inmisericordes recortes que ajusten el gasto público para contentar a Merkel. La solución de nuestro país exige nuevas instituciones que generen incentivos adecuados. Hace falta un nuevo tiempo constituyente que nos acerque a las prácticas de gobierno de los mejores países. La realidad lo exige.

El vaivén de los salarios de los funcionarios de Madrid: Un ejemplo más del desgobierno de Esperanza Aguirre

El Gobierno de Esperanza Aguirre ha dejado sin efecto en su último Consejo de Gobierno la rebaja de salarios a los empleados públicos de la Comunidad, aprobada hace menos de un mes por Ley en la Asamblea. Una medida razonable, ya que la supresión de la paga extra aprobada por el Estado posteriormente, de obligado cumplimiento para todas las administraciones, suponía para los empleados públicos de Madrid una pérdida de un 7% de su salario en términos anuales.

Una cuantía superior a la que se pretendía ahorrar con la Ley autonómica, que era una media de un 3,3% de la masa salarial, y solo a partir de la nomina de julio. De haberse mantenido ambas rebajas, los empleados de la Comunidad hubieran visto rebajado su salario en un 10% de media. Una cuantía muy considerable.

Esta decisión del Gobierno autonómico no se ha tomado, como las de otros, a los pocos día de la decisión del Estado, sino que se ha ha adoptado días después de que UPyD presentara una propuesta en la Asamblea pidiendo la anulación de la reducción salarial, que estamos seguros ha tenido una influencia decisiva. Aunque sea hacer un juicio de intenciones, sin esa propuesta es posible que hubieran mantenido ambas rebajas en las nóminas de sus trabajadores, para así hacer el ajuste esencial vía salarios y no tener que acometer las reformas que Madrid requiere. Una decisión que no hubiera hecho falta, si hubieran aceptado la enmienda de UPyD a su Ley, en la que proponíamos que la rebaja de los salarios estuviera condicionada a las decisiones, ya fácilmente esperables, que tomará el Gobierno central sobre salarios de los funcionarios.

Estos hechos vuelven a poner de manifiesto el desastre de funcionamiento de nuestro sistema autonómico, donde cada uno va a lo suyo con escasa y nula coordinación. El primer responsable es el Gobierno central, incapaz de tener un proyecto claro, lo que hace que cada día vaya dando tumbos de una medida a otra y proponiendo aquello que negó el día anterior. Este Gobierno debería tener una idea clara de cómo debería ser el marco retributivo común de los empleados públicos de las administraciones de España, para que si hace ajustes, estos estén coordinados con los de las comunidades autónomas. Evitando que estas aprueben normas que deben derogar días después o que por la falta de políticas comunes, cada una termine teniendo sistemas salariales muy divergentes. Lo que genera desigualdades entre sus trabajadores y muchas ineficiencias en los servicios públicos.

Las comunidades también tienen sus responsabilidades, ya que han hecho crecer el empleo público muy por encima de sus posibilidades financieras; en muchas ocasiones, para tareas burocráticas, órganos innecesarios y seleccionándolos sin  criterios de mérito y capacidad. Y ahora se ven incapaces de acometer las reformas imprescindibles y sólo saben hacer recortes lineales que afectan por igual a los trabajares productivos que a los que no lo son y que acaban premiando la mediocridad y castigando la calidad del servicio público.

La Comunidad de Madrid es un caso paradigmático de desgobierno. Sus medidas de función pública son todas lineales: congelación o reducción de salarios, aumento de la jornada, supresión de la mejora voluntaria, congelación casi indiscriminada de la oferta pública de empleo, etc. Ni una medida está pensada para la mejora de la calidad del servicio, el establecimiento de incentivos para el incremento de la productividad o la reasignación de efectivos hacia funciones más esenciales. Lo peor es que cuando desde UPyD hemos hecho estas propuestas, siempre han votado en contra.

Ellos prefieren aprobar normas que dejan sin vigor a las pocas semanas, porque las incumplen -como la de presupuestos para 2012- o porque las derogan -como la Ley de modificación de presupuestos, cuyo objetivo principal era bajar el salario a los funcionarios-. Una Ley que, además, se llenó -en mal técnica legislativa- de propaganda, para tapar esa rebaja: la supuesta reducción de diputados -que exige una ley especial- o la supresión de las subvenciones a los partidos políticos, que no dan, mientras mantienen las de las fundaciones, que sí que dan.

Qué se puede esperar de un país gobernado de esta manera, en el que Cataluña y Andalucía pueden incumplir con sus mínimas obligaciones institucionales sin que pase nada, en el que cada uno campa a sus anchas y en el que quien tiene que gobernar no sabe a dónde va. Se puede esperar poco. De ahí que sea entendible que las instituciones europeas no se fíen y nos estén presionando, para que solicitemos el rescate completo de la economía. Cuando esto suceda, veremos que, para que el país tenga una senda común, acaba aplicándose el artículo 155 de la Constitución a todas las comunidades autónomas.

Hechos excepcionales exigen medidas constitucionales especiales. Ya lo pidió el otro día Rosa Díez en el Congreso.

Acabará haciéndose, confiemos en que no sea demasiado tarde.

Matar moscas a cañonazos: el recorte del salario de los funcionarios enfermos en la Comunidad de Madrid

Los empleados públicos de la Comunidad de Madrid desde este mes de enero han visto limitada significativamente su protección social ya que no contaran con la “mejora voluntaria” que les garantizaba complementar, en caso de enfermar, la prestación de Seguridad Social para mantener su salario. Como hacen también muchas empresas de este país con sus trabajadores. La supresión de esta mejora, según el Gobierno Regional, pretende evitar su absentismo laboral, ante el temor a perder ingresos. Sin embargo, veremos como su objeto real es recortar el gasto de personal bajo la popular excusa de hacer trabajar más al empleado público.

El absentismo laboral, que sin duda es un problema grave tanto en las sector público como en el privado, se da cuando por causas justificadas o injustificadas un trabajador deja de acudir al trabajo. Entra las causas justificadas más comunes de ausencia al trabajo están los permisos varios, la enfermedad, la maternidad, las causas técnicas, económicas o de producción, etc. La tasa de absentismo se mide calculando las horas que se dejan de trabajar, sobre las obligatorias o pactadas. En España está aproximadamente un poco por encima del 5%, aunque con diferencias por Comunidades Autónomas, sectores y tamaño de empresa. Siendo superiores a la media en Andalucía, Canarias, Cataluña, en la industria y en las grandes empresas, como la Administración Pública. La incapacidad temporal por enfermedad común es la causa en casi un 70% de las ausencias al trabajo. Pero estas ausencias no se distribuyen homogéneamente: aproximadamente un 26% de las bajas por enfermedad duran de 1 a 3 días, un 38% de 4 a 15 días, y un 11% de 16 a 30 días. Por tanto, el 75% de las bajas duran menos de un mes. Solo el 1% de las bajas supera el año.

Las medidas aprobadas sólo se refieren a las bajas por enfermedad y no discriminan según su causa y duración. Tratan igual a quien deja de acudir al trabajo por la resaca del fin de semana que a quien lleva un año por un cáncer de mama, a quien falta por primera vez en su vida que a un “bajista” habitual.  Se puede decir que matan moscas a cañonazos. De lo cual parece haberse dado cuenta hasta el Gobierno ya que la propia Regina Planiol, consejera de presidencia, ha dicho, aunque con confusión, que cree que los tres primeros días de baja no dejaran de pagarse al no ser de incapacidad temporal (sic).

Un empleado público incluido en el Régimen General de la Seguridad Social que tenga una baja médica tiene derecho a un 60% de su base reguladora (que es la base de cotización del mes anterior a la baja) desde el cuarto día hasta el 20 y a partir del 21 al 75%. Esta cantidad se paga por el empresario –la Administración- desde el 4 día hasta el 16 y de allí en adelante por la Seguridad Social. Los empleados públicos incluidos en clases pasivas, protegidos por MUFACE (fundamentalmente profesores en la Comunidad de Madrid) y por MUGEJU (personal de justicia), cuentan con una protección diferente más amplia consistente en percibir las retribuciones integras hasta el tercer mes o sexto mes respectivamente y desde allí en adelante las retribuciones básicas integras más la cantidad mayor entre el 80% de las retribuciones básicas o el 75% de las complementarias correspondientes al tercer mes de su licencia. Si bien, hay que tener en cuenta que por la disposición adicional sexta de la Ley 26/2009 -que prevalece sobre la de la Comunidad Autónoma- los funcionarios de carrera del Régimen General también garantizada como mínimo la mejora voluntaria de la incapacidad temporal en términos equivalentes a los funcioanrios inlcuidos en MUFACE.

Dada esta diversidad de regímenes de protección, con la supresión del complemento por mejora voluntaria que garantizaba a todos durante la incapacidad temporal el salario por igual, los que estén en el Régimen General, y no sean funcioanrios de carrera, no cobrarán nada los tres primeros días de baja y verán muy reducido su salario a partir del cuarto, mientras que los que sean funcionarios de carrera del Régimen General o estén en MUFACE o MUGEJU sólo lo verán reducido desde el mes cuarto o séptimo, y encima en mucho menor cuantía. Por tanto, esta medida va a producir graves discriminaciones entre compañeros que es fácil suponer podrá enrarecer aún más el ambiente de trabajo.

Pero hay más, como para los laborales del Régimen General la determinación del subsidio de incapacidad temporal se calcula sobre la base de reguladora que viene determinada por la base de cotización y ésta está topada y puede ser inferior al salario real, lo que sucede para todos los trabajadores del grupo A1, en general los más cualificados, la reducción de salario puede llegar a ser para ellos de más de un 50%. Con lo cual se establece una nueva discriminación, ahora entre trabajadores por su cualificación. Dañando mas por cierto a quienes menor índice de absentismo tienen en la Administración.

Por otra parte, esta medida obvia, aunque puede que mucha gente no lo conozca, que es  la Comunidad la responsable de dar las bajas médicas a través del Servicio de Salud de la Comunidad de Madrid, pero que es la Seguridad Social, que depende del Estado quien paga la prestación económica. De hecho, esta separación de responsabilidades hizo que, cuando se trasfirieron las competencias a las Comunidades Autónomas en sanidad, se dispararan las bajas médicas. Y que, para controlar la “incompetencia” de las Comunidades Autónomas, la Seguridad Social tuviera que pagarles un plus por cumplimiento de objetivos, para lograr disminuir su excesivo número. Luego, si se quiere atacar realmente el absentismo laboral por bajas médicas lo primero a hacer es establecer controles más estrictos de las bajas que dan los médicos, y ello sin esperar que el Estado tenga que seguir incentivando lo que debe ser una obligación propia de la Comunidad.

Otra consecuencia grotesca de esta medida indiscriminada es que un empleado público laboral de la Comunidad del Régimen General que falte tres días por su enfermedad no cobrará nada, pero si falta por la enfermedad de su padre o su hermano recibirá el salario completo. Curiosa forma de limitar el absentismo, como curioso es que la medida frente a un problema estructural se haya previsto con carácter temporal sólo para este año 2012. Más razonable hubiera sido penalizar a los reincidentes en bajas de corta duración, controlar las bajas e duración inferior al mes más eficientemente, etc.

En definitiva, la medida huele a improvisación y no va dirigida a resolver el problema del absentismo laboral sino a reducir costes en personal de forma indiscriminada. Mal camino para conseguir el objetivo de una administración pública más racional y eficiente.

La función pública: medidas del Gobierno y la Comunidad de Madrid

Como es sabido estamos en crisis económica y las Administraciones Públicas se las ven y se las desean para cuadrar sus cuentas. Una forma rápida y fácil de conseguirlo es reducir una de las partidas mayores del presupuesto: la destinada a pagar a los empleados públicos. Que como es conocido es una de las mayores de todas las Administraciones, de forma que recortándola se pueden conseguir reducciones significativas del gasto público. La Comunidad de Madrid ha sido una de las primeras que ha tomado medidas sobre esta materia. Empezó con el aumento de las horas lectivas de los profesores de secundaria y ha continuado con otras en la Ley de Presupuestos para 2012 y en la Ley conocida como de acompañamiento, mediante enmiendas del Grupo Popular para presentarlas después de las elecciones, que se concretan en la congelación salarial de los empleados públicos y de la oferta de empleo público, en el incremento de la jornada de 35 horas semanales -pactadas con los sindicatos en el 2001 cuando gobernaba Gallardón- a 37 y media, que se hacen en el Estado,  y en la supresión de la mejora voluntaria –un complemento que se da a quienes están enfermos para que no pierdan parte de su salario- a los empleados con baja médica.

El nuevo Gobierno del país para no ser menos, y continuando la estela del anterior,  junto a la subida de impuestos, ha acordado, en el Real Decreto Ley por el cual prorroga los presupuestos del año 2011, la congelación de los salarios de los empleados públicos de todas las administraciones, aunque con la particularidad de que para los del Estado se prevé además una disminución de un 10% de las cantidades asignadas a productividad, la homologación del horario de los empleados públicos de todas las Administraciones Públicas con la del Estado en 37 horas y media y la congelación de la oferta pública de empleo, de forma que no se cubran las bajas que se produzcan, salvo una tasa de reposición del 10% en servicios públicos esenciales: educación, sanidad, etc. y en los cuerpos encargados de la lucha contra el fraude fiscal y laboral.

Todas estas medidas cuantitativas están dirigidas a conseguir cumplir el límite de déficit público marcado por la Unión Europea para 2012. Algunas de ellas son razonables, otras lo son menos. Sin duda, no parece descabellado que todos los empleados públicos hagan un esfuerzo y trabajen por el mismo salario 37 horas y media, como ya hacen los del Estado. Es cierto que esto implica la no contratación de interinos y eventuales y que puede conllevar problemas organizativos en algunos sectores como la sanidad; pero también es cierto que la función esencial de la Administración no es crear empleo, y que las mejoras organizativas pueden ayudar a garantizar la prestación de servicios esenciales a los ciudadanos cuyo mantenimiento ha de ser una absoluta prioridad política. También parece lógica la congelación salarial, en un país con cinco millones de desempleados y con necesidad de ajustar su competitividad no debe haber un incremento de la masa salarial global de la administración. Ahora bien, esta congelación unida a la del 2011 y a la reducción de salario del 2010 empieza a suponer una perdida acumulada importante de poder adquisitivo de los empleados públicos, que hace que no pueda mantenerse de forma indiscriminada en años posteriores. Sobre todo si a quienes más afecta es a los empleados públicos más cualificados o con más responsabilidades, ya que se corre el riesgo de descapitalizar a la Administración Pública de su mejor personal. Un problema que se une a las diferencias salariales entre administraciones, en general porque las Comunidades y ayuntamientos pagan más, que se está agravando con la crisis porque cada Comunidad está actuando de una forma diferente, ante lo que el Estado calla o lo que hace es reducir el sueldo más a sus empelados mediante el recorte de la productividad. Así sucede que en un ayuntamiento como el de Alcorcón, que debe más de 500 millones de euros, el conductor del camión de basura gane más que un técnico superior de la Administración Central.

Una media, sin embargo, más discutible es la congelación de la oferta de empleo público. Por una parte es obvio que la Administración no está para dar trabajo a mucha gente nueva. Pero aquí hay que diferenciar, ya que si bien hay que congelar plazas de administrativo, auxiliar o puestos similares, ya que las nuevas tecnologías permiten prescindir de gran parte de esos trabajos, sin embargo hay que crear plazas, por ejemplo, para personas capaces de mejorar las labores de inspección y control del fraude fiscal y laboral o de garantizar la prestación de servicios públicos esenciales. Si realmente se tiene como prioridad política esos objetivos, hubiera sido una buena señal apostar por aumentar la plantilla dedicada a esas labores y mejorar la escasa cualificación de las Administraciones. Lo que no necesariamente aumentaría la masa salarial global si se redujeran puestos de trabajo en las Administraciones que solo sirven para colocar a los próximos a los partidos políticos. Lo que obviamente exige la eliminación de muchos “chiringuitos públicos”, a lo que parece el Partido Popular no está dispuesto.

Finalmente una medida inadecuada es la supresión indiscriminada de la mejora voluntaria de la incapacidad temporal para los empleados públicos de la Comunidad de Madrid. Primero porque no ataca el 26% del absentismo por enfermedad que se produce en los tres primeros días de baja, segundo porque afecta de forma diferente a los empleados públicos según cual sea su régimen de Seguridad Social: ordinario, MUFACE o MGEJU y tercero porque de nuevo los más perjudicados son los funcionarios más cualificados.

En suma, estas medidas podrán permitir cumplir el objetivo del déficit, pero no mejorar la gestión de los recursos humanos de la Administración para que preste un servicio moderno y eficaz a los ciudadanos. Se podría desde luego haber aprovechado el Real Decreto Ley para por ejemplo conseguir dos cosas esenciales: equiparación de los salarios entre Administraciones y eliminación de todos los puestos de trabajo en organismos inútiles y redundantes donde se coloca a los amigos a fin de liberar recursos para crear puestos en las tareas esenciales del Estado. Esto si que hubiera sido una buena manera de lanzar un mensaje a la opinión pública de que se quiere acabar con el despilfarro, el clientelismo y meter en cintura a unas Comunidades Autónomas y Ayuntamientos que en materia de personal andan tan desbocados como en sus presupuestos.