La democracia no puede prescindir de la información, que nos llega por diversos medios. Uno de los principales es la prensa, pero, como vuelve a señalar Revel, “junto a la prensa, la enseñanza, no es después de todo, más que otro aspecto de la información”. La enseñanza debe cumplir la misión básica de transmitir los conocimientos necesarios para que los jóvenes puedan elaborar sus propios juicios con independencia y responsabilidad. Pero el sistema educativo puede preferir que los profesores opten por adoctrinar en lugar de por enseñar, con el consiguiente desistimiento del juicio crítico. Así en los regimenes totalitarios se renunció a la transmisión de conocimientos para poder adoctrinar mejor a los jóvenes y de esa forma no cuestionar la ideología que los rige. Pero esta misma falta de respeto por el conocimiento de la realidad se observa, aunque sea en otro grado, en las democracias. Sobran ejemplos en España, tanto en la información (véase lo que nos cuentan de la crisis económica), como en la enseñanza, en la que hasta la lengua se utiliza al servicio de la ideología, en lugar de cómo instrumento de comunicación de conocimientos.
Revel en este libro, en 1988, en relación con el sistema educativo francés, escribió que hay “una opción deliberada, según la cual la escuela no debe tener por función transmitir conocimientos (….) La escuela debe dejar de transmitir conocimientos para convertirse en una especie de falansterio de convivencia, de lugar de vida donde se despliega la apertura al prójimo y al mundo. Se trata de abolir el criterio considerado reaccionario de la competencia. El alumno no debe aprender nada y el profesor puede ignorar lo que enseña.” Esta concepción de la escuela es la misma que impera en nuestro país. Donde se ha sustituido al profesor como autoridad con capacidad para transmitir conocimientos por un simple cuidador, cuyos conocimientos apenas importan.
Los resultados de estas prácticas han tenido y tienen consecuencias. Malas consecuencias. Dice Revel que “(….) este sistema pedagógico aniquila la gran función histórica de la escuela, su verdadera vocación democrática, que es corregir las desigualdades sociales con las desigualdades de éxito en los estudios. La ideología que la anima postula la igualdad y la identidad de todos los seres humanos. Sólo las desigualdades sociales explicarían las desigualdades de éxito en los estudios. Como la experiencia no confirma ese postulado, hay que obligarla a que lo haga, organizando el fracaso generalizado, que hace el oficio de purgatorio que permite alcanzar el nirvana de la igualdad intelectual total. Este postulado anticientífico engendra, de hecho, la escuela más reaccionaria que existe.” Y en nuestro país, en concreto, una generación peor preparada que la anterior, alejada de nuestros vecinos europeos.
Si queremos cambiar esta situación para que la escuela recupere su condición de instrumento de perfeccionamiento de la sociedad y de correctora de las desigualdades, hay que garantizar que el profesor puede cumplir con su papel de transmisor de conocimientos, lo que exige que sea seleccionado entre los mejores de su campo y que se le otorgue los medios necesarios para que pueda transmitirlos en clase. Esto es, que se le reconozca legal y socialmente autoritas.